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LAS SIRENAS

Una de las figuras mitológicas más relacionadas con el mundo del mar son las sirenas, y en un sitio dedicado a las océnaos y a los mares no debería faltar tampoco un rinconcito destinado a ellas. Estos seres fantásticos, como tantos otros en su mayoría, son originarios de la abundante mitología griega, aquellos mitos y leyendas que los antiguos griegos contaban para explicar algunos fenómenos o para enseñar algunas moralejas.

En este caso, las sirenas (aunque ya es bien sabido por todos) eran unos seres híbridos entre mujer y ave, aunque su representación más normal las describen con unas escamosas colas de pez. Se trataban de unos seres de una belleza sinigual que albergaban multitud de leyendas y de historias en torno a ellas. Por ejemplo, una de las más clásicas apariciones de las sirenas se hace en la Odisea, de Homero, donde Ulises tiene que preparar a su tripulación tapándoles los oídos con cera, para que ninguno de ellos se embrujara con los cantos de las mismas. Sin embargo, él sí quiso escuchar esta dulce melodía y se ató fuertemente al mástil del barco.

Es por esto, que el canto de las náyades (nombre con el que se empezaron a llamar las sirenas) era un encanto irresistible que llevaba a los marinos de las tripulaciones a arrojarse al mar y a la perdición.
Entrando en el siglo XVI, encontramos el periodo de mayor trafico marítimo entre Europa y América, las bitácoras de abordo dan cuenta de la aparición repentina de bellas mujeres que seducían con su voz a toda la tripulación y tenían la extraña característica de ser mitad pez y mitad humano.

El canto de las sirenas era un poderoso hechizo que nadie podía contra su atracción y era la perdición de los navegantes que destrozaban sus barcos contra las rocas por seguir su voz. Su imagen vive hoy en cuentos infantiles, películas de la factoría Disney, lienzos de pintores y objetos decorativos.
Pero, ¿han existido realmente estos bellos seres acuáticos?

Cristóbal Colón creyó ver alguno a lo largo de sus cuatro viajes transatlánticos. “El día previo, cuando el Almirante (Colón) fue al Río del Oro, vio tres sirenas que aparecieron en la superficie del mar; éstas no eran hermosas como se pintan, aunque tienen algo en la cara de humanas”.

Crónicas más antiguas hablan de que en 1403 que vivió una sirena en Harlem hasta su muerte y aprendió a hilar, aunque nadie logró entender su habla.
Hasta en los mapas del Renacimiento podía leerse la frase “Hic sunt sirenae”(Aquí están las sirenas) escrita en medio de las áreas destinadas a los océanos.
Muchas crónicas de reyes refieren la existencia de sirenas capturadas, y aún cercanos nuestros días navegantes y exploradores relatan encuentros con mujeres marinas, como una que apareció en la Antártida en 1823 u otra en las Bahamas en 1869.
La primera tenía los cabellos verdes, la segunda, azules. En Liérganes, municipio español, existió un hombre-pez, y circulan rumores de otro ser de estas características en el río Ebro.

Un escrito de 1432, aparecido en Venecia cuenta el siguiente relato:
“El ser capturado esta noche por un grupo de marinos concuerda con las conocidas sirenas, es una mujer de cabellos y ojos negros, sus piernas están cubiertas por duras escamas y terminan en una sola extremidad con forma de cola de pez. No había forma de comunicarse con ella, su rostro mostraba el dolor y la necesidad de volver al agua, intentamos sacar algunas de estas escamas pero sus gritos y los movimientos desesperantes voltearon a los 3 marinos que la sostenían. Esto me conmovió enormemente y decidí regresarla nuevamente al agua.”
Este hecho sucedió el 28 de enero de 1432 a bordo del barco veneciano “Nuestro Señor de las tempestades”, que navegaba por las costas del sur de África; su capitán (se desconoce su nombre ya que estos barcos formaban parte de una compañía mercantil, en donde los capitanes rotaban de barcos en cada viaje) asentó este relato y dio fe de ser real.

Se dice que la primera mujer-pez conocida fue Atargatis, la diosa de la luna, protectora de la fecundidad y el amor. Atargatis, perseguida por Mopsos, se sumergió en el lago Ascalón con su hijo, y se salvó gracias a su cola de pez.
El primer tritón registrado por la historia fue Ea, un dios con cola de pez, más conocido como Oannes, una de las tres grandes deidades de los babilonios. Ejercía dominio sobre el mar y también era el dios de la luz y de la sabiduría, además de haber sido quien llevó la civilización a su pueblo.

En 1608, el navegante y explorador Henry Hudson (que dio el nombre a los territorios de la bahía de Hudson), consignó sin misterios en su cuaderno de bitácora:
Esta mañana, un miembro de nuestra compañía que observaba por encima de la borda vio una Sirena y, cuando llamó a algunos de la compañía para que la vieran, otro se acercó, y para entonces se había aproximado al barco y miraba con intensidad a los hombres: un poco después, un Mar llegó y la revolcó: del ombligo hacia arriba su espalda y sus senos eran como los de una mujer (como dijeron haberla visto); su cuerpo era tan grande como el de uno de nosotros; su piel era muy blanca; y sobre su espalda colgaba una cabellera larga, de color negro; cuando se sumergió vieron su cola, que era como la cola de una marsopa, y salpicada con manchas como la de una caballa. Los nombres de quienes la vieron eran Thomas Hilles y Robert Raynar.

En 1978, Jacinto Fatalvero, un pescador filipino de 41 años, no sólo vio una sirena en una noche de luna, sino que ésta le ayudó a hacerse a una pesca abundante. Sin embargo, es poco más lo que se sabe, pues, tras haber narrado su experiencia, Fatalvero se convirtió en blanco de bromas, objeto de burlas e, inevitablemente, presa de los medios de comunicación. Como es apenas comprensible, se negó a seguir hablando.

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